13 DE MAYO DE 2020
MIÉRCOLES V DEL TIEMPO
DE PASCUA
CICLO A
¡Paz
y bien!
Del
Santo Evangelio según san Juan (Jn. 15, 1-8)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus
discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la
doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me
habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os
alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho
ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.
Ya no hablaré mucho con vosotros, pues
se acerca el príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es
necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me
ha ordenado, así actúo yo».
Día
número sesenta de confinamiento. Ánimo que esto avanza. No voy a cansarme de
pedir, eso sí, prudencia, sentido común, generosidad y responsabilidad. Para no
saltarnos las medidas sanitarias, ni de higiene. Para que el confinamiento no
sea sólo cosa de unos pocos y para que sigamos adelante con la confianza puesta
en el Señor. No podemos hacer lo que nos dé la gana. Tenemos que mirar por
nosotros y, también, por los demás.
Por eso pidámosle como cada
día por todos aquellos que han fallecido, por sus familiares y amigos. Por los
que están en puestos de trabajo difíciles, por los que se han quedado en el
paro, por los que pasan necesidad y, también, porqué no, por nosotros para que
el Señor nos dé la fuerza necesaria para seguir adelante.
Si recordáis la reflexión de ayer, hubo un momento de la misma
en la que afirmaba que la Paz que viene de Cristo no tiene nada que ver con
llevar una vida más o menos tranquila, sino que era el fruto de saberse unido a
Él. El fruto de vivir la alegría, el amor y el perdón de Dios en primera
persona. Además, añadíamos que muchas veces esa paz nos la daba el saber que
estamos haciendo las cosas según su voluntad y no la nuestra. Pues bien, esta
mañana, vamos a redundar en esa idea de la permanencia en Jesús.
Su mensaje es clarísimo: “sin mí no podéis hacer nada”. Pero,
¿Qué tenemos que hacer? podemos estar pensando. Pues, también, está claro: “dar
fruto”. Nosotros somos los sarmientos de una vid que es Cristo y debemos
dar fruto, algo que únicamente conseguiremos si permanecemos en él. Vemos,
pues, que estamos hoy ante una lectura que podemos definir como incómoda.
Incómoda porque me va a hacer preguntarme si verdaderamente yo doy fruto. Y si
lo doy, me hará preguntarme si mi fruto es bueno. No abundante, porque Cristo
no mira la cantidad sino la calidad de los mismos. Así pues, preguntémonos:
¿soy un sarmiento que da frutos? ¿Cómo son mis frutos?
Lo primero que tenemos que tener claro es que, para poder dar
frutos de amor, que son los frutos de la vid de Cristo la única manera que
tengo de conseguirlo es estando unido a Él. En palabras del propio Cristo: “permaneciendo
unido a Cristo”. Jesús se muestra a sí mismo como el tronco que garantiza
la permanencia. Como la fuente de quien brota toda acción de amor, o de quien
debería brotar toda acción de amor, todos y cada uno de nuestros frutos. En
esta permanencia radica el hecho de ser o no ser sarmiento de la vid que es
Cristo. Toda rama, desgajada de la vid, se seca y será arrancada, la razón nos
la da Jesús: “Sin mí no podéis hacer nada”. Y yo ¿puedo afirmar que vivo
desgajado de la vid y por lo tanto acabaré secándome o por el contrario vivo unido
a Cristo?
La avaricia, la codicia, la
falta de amor a Dios y a los demás, la dejadez, la desidia, la falta de oración
o de intimidad con el Señor, el juicio, la crítica… son causas de nuestra
lejanía de Dios. Todo ello y muchas cosas más que bien conocemos acaban
“secando” nuestra vida, nuestro corazón y alejándonos de quien sabemos bien nos
ama. ¿Qué pecados tienes que provocan en ti esta “sequedad” o lejanía de Dios?
Me
llama la atención la insistencia de Jesús pidiendo que “permanezcamos” en él. “Permaneced
en mí”, “permaneced en mi amor”, “que mis palabras permanezcan en vosotros”,
“que vuestro fruto permanezca”. Pienso que la intención de Jesús es la
autenticidad, la transparencia, la coherencia, la sinceridad. Sabe que somos
débiles y que nadie está exento de caer en estas debilidades que acaban
alejándonos de él y de los demás. Por eso quiere que seamos auténticos
cristianos, quiere que seamos personas coherentes y transparente en quien
nuestras acciones testimonien nuestra entrega a Cristo sobre todas las cosas.
No quiere que tengamos un discurso y hagamos acciones completamente diferentes
a lo que decimos que creemos. Cristo quiere que nuestra fe y nuestras obran
caminen a la par y eso, sólo, lo conseguiremos si “permanecemos” en él. Así,
además, daremos frutos y buenos frutos de amor que acercarán a Dios a cada una
de las personas que nos rodean.
No
podemos olvidar que lo más importante en la viña del Señor no son la cantidad
de uvas recogidas al final, sino la calidad. Jesús habla de la necesidad de dar
fruto. Claramente no le gustan las “imitaciones”, los sarmientos sólo
decorativos que, en el mejor de los casos, sólo sirven para adornar. Además, al
final, la única forma de saber si estamos o no unidos a la vid, son los frutos.
Bien están los adornos y las buenas intenciones cuando hay frutos como Jesús
los entiende, si no, seremos sólo sarmientos secos o en vías de secarse. ¿Vives
únicamente de buenas intenciones o tu vida está llena de frutos de amor como
Jesús nos pide hoy?
El
amor a los demás, la aceptación, tolerancia, el perdón, la cercanía, la ayuda
constante, el entregar la vida por los demás, ayudar a los más necesitados… son
obras buenas, muy buenas que nos acercan a Cristo y a nuestros hermanos. Son
obras que dejan latente que en nuestra vida la luz que ilumina nuestros días es
Cristo y la voluntad que aceptamos en cada momento es la de Dios. Amarle sobre
todas las cosas, escuchar su Palabra, ponerla en práctica son obras buenas de
amor que nos permitirán “permanecer” en Él y, a su vez, nos permitirán dar los
buenos frutos que Cristo espera de cada uno de nosotros. ¿Estamos dispuestos a
que en nuestra vida los frutos sean buenos?
RECUERDA:
La
metáfora de la vid y los sarmientos es sugerente y sirve para explicar la unión
de Jesús con la humanidad. Solo permaneciendo unidos a su Palabra, sus valores
y a su estilo de vida e identificados con su proyecto amoroso, nuestra
existencia alcanzará sentido y dará frutos abundantes de justicia, de comunión,
solidaridad y alegría. Permanecer en él es garantía de fecundidad y plenitud.
Pero eso solo es posible si aceptamos también abrirnos a la pode que
constituyen las relaciones, los conflictos, las dificultades cotidianas con las
que nos encontramos cada día. Igual que el sarmiento, tras ser podado, rebrota
con más fuerza y verdor, también nuestra madurez nos la jugamos en cómo
afrontamos nuestra vida, como oportunidad y con esperanza, las crisis, los
límites, los sufrimientos, las frustraciones, con las que nos vamos encontrando
en el espesor de lo cotidiano. Solo engarzados a su misericordia amorosa, como
los sarmientos a la vid, seremos capaces de hacerlo.
1.-
¿Cómo estoy viviendo este tiempo de Pascua?
2.- ¿Vivo
unido a Cristo?
3.- ¿Mis
frutos son buenos?
¡Ayúdame,
Señor, a permanecer unido a tu Palabra para dar buenos
frutos!