6 DE MAYO DE 2020

MIÉRCOLES IV DEL TIEMPO DE PASCUA
CICLO A

¡Paz y bien!

Del Santo Evangelio según san Juan (Jn. 12, 44-50)



En aquel tiempo, Jesús gritó diciendo:
«El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.
Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre».

      

      
Día número cincuenta y tres de confinamiento. Parece que todo apunta a que el próximo día once de mayo comenzaremos la fase uno de este periodo de desconfinamiento. Vayamos con paciencia y cautela. Un paso en falso no es bueno para nadie ¿vamos a desandar todo lo que hemos conseguido con tanto esfuerzo? Recemos, recemos por todos nosotros para que nos llenemos del sentido común necesario para no cometer errores propios del egoísmo. Recemos para que seamos solidarios y ayudemos siempre a los demás. Y como no, recemos por todos los que han perdido su vida en esta pandemia, por sus familiares y amigos, por los que no han dejado nunca de trabajar para facilitarnos el día a día. Pidamos por todos lo que han perdido su trabajo y su bonanza económica. Por TODOS, para que cuando salgamos de esta terrible situación lo hagamos siendo conscientes de que Dios no nos ha abandonado nunca, que debemos darle gracias por todo y poner nuestra vida al servicio de quien más lo necesite.

Continuamos, como comentábamos ayer, con el evangelio de san Juan, en concreto con unos capítulos donde se nos presenta un discurso duro de Jesús. Un discurso en el que pone de manifiesta su unidad con el Padre, un discurso donde quiere dejar claro cuál es su identidad, quién es él. Ayer se nos definía como el Buen Pastor, como aquel pastor que da la vida por sus ovejas (por todas sin excepción), el pastor que nos conoce a cada uno de nosotros por nuestro nombre, que nos ama hasta morir por nosotros. Hoy, el mismo Jesucristo, se revela como “la Luz que ha venido al mundo” ¿no es maravilloso? Cristo es la luz que ilumina nuestras vidas, la luz que guía nuestros pasos, quien da sentido a nuestra vida ¿verdaderamente no se mueven tus entrañas de alegría ante tal hecho? ¿no somos unos afortunados para saber que el “Dios hecho hombre” nos ama tanto que no va a permitir que vivamos en tinieblas?
Personalmente, cuanto más lo pienso, más afortunado me siento. Cuanto más lo pienso, más alegría invade mi vida; afortunadamente, cuanto más reflexiono sobre estas palabras más en deuda me siento con él.

       Estamos viviendo una época oscura en nuestra historia. Sin duda, cuando pasen los años, cuando las generaciones futuras estudien historia, este dos mil veinte lo estudiarán como el año de una gran pandemia que ha causado muchas muertes, una profunda crisis económica y una irremediable diferencia de clases. Será una época oscura como lo fue la Edad Media, o etapas de la era moderna: como “el crack del 29”, las Guerras Mundiales o las diferentes pestes y epidemias que hemos tenido que soportar (cuánta lata nos han dado las clases de Historia hasta acabar la carrera…) Y esto es así, no lo ponemos en duda. Pero ¿Y Cristo? ¿Él no ha venido al mundo como la Luz? ¿No es él quien ilumina nuestros días o da sentido a nuestra vida? ¿No es él quien ha muerto para que la muerte no tenga poder sobre nosotros? Entonces ¿por qué vivimos estos momentos duros desde el pesimismo? ¿No nos creemos su Palabra? ¿No estamos seguros que el amor que él nos tiene es más fuerte, incluso, que la propia muerte? ¿Qué sentido tiene la tristeza?

       Es cierto que son momentos duros en todos los aspectos, es cierto que está siendo difícil, pero ¿estamos solos? ¿es todo esto más fuerte que el propio Dios? ¡No, no lo es! Y si de esto estamos seguros, si esto nos lo creemos, la tristeza no tiene cabida en nuestra vida, nuestros días no pueden ser grises porque los ilumina Dios. El mismo Dios que nos da las fuerzas necesarias para no caer en la desesperanza, para olvidarnos de nuestros miedos y confiar, plenamente, en él. Esa fuerza que nos lleva a ponernos en camino y dar la vida por aquellos que nos rodean, como él hizo con cada uno de nosotros.  ¿Os acordáis de san Pablo? ¡Pasó de perseguir cristianos a ser perseguido por ser cristiano! Pablo de Tarso, Saulo, pasó de matar por creer en Cristo a morir por dar testimonio de su fe en ese mismo Cristo al que perseguía. ¡Qué encuentro más grandioso tuvo que vivir con el Señor! ¡Qué transformación más profunda experimentó su vida! ¿Por qué no nos ocurre a nosotros lo mismo cuando, además, también hemos tenido experiencia de Cristo en nuestra vida?
No me cabe duda alguna, que la experiencia de Cristo que tuvo Saulo le sacudió toda su conciencia. Le removió todos los cimientos de su vida. Porque eso es precisamente tener una experiencia de Cristo en tu vida: conocer a Aquél que murió por nosotros; y conocerle significa que salen a flote nuestros pecados y miserias, nuestras grandezas y que nosotros las aceptamos y las ponernos en sus manos para ser cada día mejores. Conocer a Cristo significa querer vivir como él, ser como él, sentir y amor a los demás como nos ama él.
Por eso he dicho, anteriormente, que estamos en deuda con Jesús porque ¿verdaderamente intento vivir mi vida siguiendo la voluntad de Jesús: amando y sintiendo como lo hace Dios? ¿Vivo la alegría de Cristo resucitado en mi vida o no me la termino de creer? Es la alegría de la fe en Cristo Jesús, resucitado de entre los muertos, los que mantiene nuestra esperanza y nuestro coraje por vivir.

Por eso, aunque nos sacuda el cansancio por lo que ha supuesto el Covi-19, de confinamiento, de miedo, de alarma, de enfermedades y muertes, de soledad, de precariedad económica, de paro… hemos de sentarnos seriamente para comprender qué luz he escogido para mi vida; no sólo en esta situación de pandemia, sino en mi proceder diario. ¿Qué luz ilumina mis pasos?
Cristo es y puede ser una nueva propuesta de vida. Podemos empezar por recordar y hacer nuestro el Salmo 66: “El Señor, tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros”. Porque Cristo vino a ser luz para el mundo. Vino a disipar las tinieblas, aquellas en las que nos envuelve el mundo con su trampas e indiferencias. ¿A qué podemos tenerle miedo?

RECUERDA:

Jesús es el camino de acceso a Dios. La máxima apertura a su misterio e identificación con su misericordia. Por eso, quien cree en él, cree en la fuente del Amor, del que procede. Por eso, la Palabra definitiva de Dios sobre la historia no es el juicio sino la reconciliación y la ternura. En Jesús Dios se nos muestra también como libertad radical. Su libertad remite a la nuestra, a nuestras elecciones, pues son ellas y no Dios las que nos juzgan. Por eso el discernimiento es fundamental en la vida cristiana. Discernir es pasar la vida por el corazón en actitud de pregunta, buscando identificar nuestra voluntad con la de Dios, como hacía Jesús. De manera que, sólo así, nuestras obras y nuestras palabras puedan ser verdaderamente libres.

1.- ¿Cómo estoy viviendo este tiempo de Pascua?
2.- ¿Es Cristo la Luz de mi vida?
3.- ¿Puedo decir que yo soy luz para los demás?

¡Ayúdame, Señor, a que tu Palabra ilumine mis pasos de modo que la reconciliación, la DESCARGAjustica y la ternura formen parte fundamental de mi vida!